Hace unas horas que conocimos la fatal noticia del fallecimiento de Windham Rotunda, Bray Wyatt para los fanáticos de la WWE y el mundo del wrestling. Sin ser una persona cercana a mí, sin haber tenido trato alguno con ella su muerte me ha roto un pedazo del alma. Porque, aunque no lo creas, la lucha libre es real.

Estamos en unas semanas duras, ya que hace algo más de 7 días la superestrella de categoría «R», Edge, anunciaba que sería su última lucha en Toronto. En suma, su contrato con WWE caduca a finales del próximo mes de septiembre. Y ahora lo de Bray Wyatt. No está siendo fácil.

¿Cómo puede dolerte tanto un deporte que es «falso», que «no se pegan de verdad» y que es fruto de guion? Veréis. Es fácil de explicar. También es fácil de entender. Solo si tú quieres entenderlo.

Al igual que sucede con las series de televisión, existe un pacto no escrito entre luchadores y espectadores. Nosotros, los fanáticos, vamos a dejar atrás los prejuicios mundanos y vamos a creernos que un hombre muerto establece una racha de más de 20 victorias consecutivas en el mayor evento del año a cambio de que ese señor viva por y para ese personaje. Al igual que hay mucha gente que llama Diego Serrano a Antonio Resines.

Por eso duele tanto. Duele porque formamos parte del todo. La magia de la lucha libre radica en ese pacto no escrito, en el de ser un niño y disfrutar de cosas inverosímiles. Radica en el hecho de abrir una lata de cerveza y gritar _hell, yeah_, escupir agua como una fuente hacia arriba en la playa o hacer una lanza a tu amigo en el césped.

Es por esto que duele. Porque se ha ido uno de los nuestros. Porque sus historias, sus mensajes, se usan en post de Instagram. Las letras de las canciones de muchos luchadores son inspiración para muchas personas en problemas.

Por todo ello la lucha libre es de verdad. Los golpes son de verdad. El guion es de verdad. El mensaje lo vivimos en la realidad. Y la pérdida de uno de los nuestros la sentimos de veras.

DEP, Windham. Hasta siempre, Bray.

Por José Angel Cumbrera